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Declaraciones

 
05/01/2016 0:00

 

2016, la paz más allá de los acuerdos: Humberto de la Calle

Reflexión crítica sobre la escaramuza de los indultos. Por Humberto de la Calle, Jefe de la Delegación del Gobierno

Bogotá, enero 5 de 2016

 
2016 abre con la expectativa de la paz. Para preparar lo que viene en La Habana, bajo la dirección del Presidente, nos encerraremos a fijar prioridades y recibir instrucciones. Y luego, con optimismo, trabajaremos de tiro largo en la búsqueda del Acuerdo Final. Los puntos sobre Fin del Conflicto y Refrendación monopolizarán nuestra energía.

Pero no todo está cifrado en los textos. Hay algo superior. El espíritu de tolerancia, respeto al contrario, cumplimiento de las reglas que dicta la democracia y generación de espacios de reconciliación, son elementos esenciales parar abrir una paz que ha estado ausente por más de medio siglo.

Al finalizar el 2015, miembros de las FARC criticaron al Gobierno por la supuesta demora en la aplicación de indultos que habían sido concedidos a algunos de sus miembros. El Gobierno replicó explicando que eran necesarios procedimientos legales que se venían cumpliendo sin dilación. Para muchos, se trató de una escaramuza más, incluso de baja intensidad si se compara con los momentos de alta confrontación que se han vivido en el proceso.

Sin embargo, el incidente permite un análisis cuyo contenido va mucho más allá de la coyuntura. En efecto, la agresividad de algún vocero de las FARC, la utilización de argumentos tan alejados de la verdad de los hechos que eran suficientemente conocidos por las FARC, la desmesura de lo dicho, la descalificación injustificada de los funcionarios del Gobierno y la falta de comprensión de las FARC sobre los mecanismos legales, permiten escribir una líneas con el propósito de inducir una reflexión sobre el futuro del proceso de paz.

Panorama

Un breve recuento de los hechos es necesario: Como gesto dirigido a generar confianza, de manera unilateral, sin obedecer a un acuerdo previo, el Gobierno decidió indultar 30 miembros de la organización guerrillera que solo hubieran cometido rebelión. Desde un comienzo, estaba claro que una decisión de esa naturaleza exigía el lleno de requisitos legales. Las FARC minimizaron el asunto y hablaron de “mini-indulto”. Para el Gobierno, se trató de una decisión importante. En efecto, por un lado implica dejar sin efecto sentencias condenatorias firmes, precedidas de juicios justos por delitos debidamente tipificados en la legislación penal. En segundo lugar, es una muestra de cómo la legalidad vigente prevé caminos que facilitan y coadyuvan al logro de un Acuerdo Final. 

Dada la proximidad de las festividades de diciembre, las FARC manifestaron el deseo de que los beneficiarios pudiesen abandonar las cárceles para celebrar con sus familias. El Gobierno compartió ese propósito pero informó por conducto de Iván Márquez sobre todos los pasos necesarios, haciendo mención, eso sí, de la necesidad de no omitir requisitos que impone la ley.

No obstante lo anterior, y pese al interés mostrado por el gobierno, y en particular a la determinación y el serio compromiso del Alto Comisionado y su equipo, esta meta no se logró por fuerza de la exigencia de notificaciones legales que no se podían omitir. No hubo ni mala voluntad, ni celebración alguna impidió el resultado querido por ambas partes, ni los funcionarios actuaron con desdén. Todo lo contrario.

La guerra verbal

La incomprensión sobre el funcionamiento del Estado, la actitud permanente de descalificación de los funcionarios oficiales, en este caso de manera absolutamente injustificada, y esa postura combatiente permanente que se refugia en la agresividad con la falsa creencia de que sobre ella se edifica la dignidad de la guerrilla, convirtieron un gesto de confianza en una arbitraria e innecesaria guerra verbal totalmente contraproducente.

Dijo Rodrigo Granda: “¿Para qué quieren tener más tiempo los indultados en la Cárcel? Nada justifica nefasto proceder.” 

“Burócratas celebrando con ron, baile y buena comida; mientras luchadores populares esperan una firma para salir en libertad. Hay indolencia.” 

“En ninguna parte del mundo a un mini-indulto se le colocan tantas trabas. El Presidente ordena, ordena, pero nadie cumple. Peor en navidad.”

Un verdadero despropósito.

Una reflexión para las FARC

Cuando los colombianos esperan un pronto Acuerdo para poner fin al conflicto, este incidente, aunque aparentemente menor como se dijo, exige un análisis más profundo.

En primer término, es la hora en que las FARC comiencen a entender y a familiarizarse con la forma cómo actúa la democracia. Una cosa es que las FARC sostengan que la legalidad del Estado no les concierne. Hemos afirmado que el proceso en La Habana debe ser serio, digno, realista y eficaz. En torno a la dignidad, hemos señalado que la mesa de conversaciones no es una emboscada final a las FARC. Hemos subrayado que el objetivo del diálogo no es convencer a las FARC de que cambie de ideología. Pero sí es esencial que acoja de manera genuina la decisión de tramitar sus propósitos políticos sin armas, dentro de los ritos de la democracia. De lo contrario, ¿qué objeto tiene el Acuerdo? No es para nosotros la batalla que no se libró, pero tampoco pueden las FARC utilizar la mesa con esa finalidad. En los momentos previos a un Acuerdo que se supone cercano, la actitud de las FARC en torno a este convencimiento profundo es realmente crucial. Más que los detalles de lo acordado, lo que es realmente esencial es un deseo de la sociedad de acoger a los rebeldes de manera leal dentro del estado de derecho. Y, por parte de las FARC, la real decisión de dejar las armas y funcionar dentro del respeto y la tolerancia aun frente a aquello que les disgusta en el sistema político. Para intentar cambiarlo, sí. Pero a través de métodos democráticos.

Tampoco veo en estos acontecimientos voluntad para ponerse en los zapatos del otro. Menospreciar el indulto, sin reconocer que es una decisión del gobierno que deja sin efecto fallos judiciales que para la sociedad desarmada han sido emitidos de manera legítima, insinúa un cierto enconchamiento espiritual. Atribuir cada paso legal a mala fe, desidia o hasta crueldad obscena, como la que atribuyó Granda a funcionarios respetables, es realmente un mal síntoma. Nadie de este lado debe esperar ni aspirar a aplausos de parte de las FARC. Pero la vieja táctica de pintar al antagonista como un sátrapa inmoral, en un caso en que, como dije, ha sido patente el apasionado deseo de servir eficazmente a la paz, es también una conducta digna de reproche.

Sabemos que la batalla ideológica y política seguirá. No esperamos cosa distinta.
La lucha que se viene exige reconocer espacios al otro. Esto aplica a nosotros y a las FARC. Una política de tierra arrasada no es buen augurio.

2016 no es solo el año de la construcción y firma de textos. Es el momento para que las FARC hagan un ejercicio dirigido a una reincorporación real a la sociedad civil. Es también el año para que la sociedad abra sus puertas y sus mentes.

Debe ser el año para que nazca una Colombia en la que quepan todos. Un país en el que aprendamos a convivir en paz.